jueves, 5 de mayo de 2011

Allwënn, tercera estrella, La noche menos indicada.


Lee los recuerdos de Äriel, primero. Aquí

Un instante que ha quedado suspendido en un segundo, un instante efímero, que se pierde entre el rostro de quienes atestan aquel lugar. Hay una tensión larvada, puedo mascarlo. Conozco esas miradas, miradas que se cruzan, atentas, tensas. Demasiadas miradas. No he olvidado por qué estamos allí. Nada puede distraernos. Nos jugamos mucho. Sigo percibiendo esa tensión. Demasiada tensión. Algo ocurre. Lo huelo. Lo presiento. Gharin se ha acercado a una mesa. Está llena de jarras vacías y alguna que otra botella de licor.
Se aproxima  una de las camareras a limpiarla. Noto cómo Gharin la estudia con ojo rapaz, de arriba abajo. Le sonríe. Le gusta. Ella también le sonríe. Algo más forzada. Estoy ocupado observando la tensión del ambiente. No me he percatado de que quien nos atiende es ella. Me mira. La miro. No puedo dejarme distraer, así que sigo observando. Escucho a Gharin pedir cerveza por los dos. Tantos años de viaje hacen innecesario cuestionar algunos gustos. La chica pasa junto a mi. Huele a cerveza y perfume barato. Probablemente no es suyo. Su pelo lleva impregnado el olor a madera quemada de las cocinas. Al pasar ante mi me deja ese aroma. Me huele a campamento bajo las estrellas, a charlas de madrugada, a una copa de licor antes de cerrar los ojos. Me huele a libertad y horizonte… y luego miro aquel lugar atestado de humos y ruido. Un coro de chicas maquilladas al excesivo gusto de las Bocas observa la clientela desde el entrepiso. Casi son un muestrario. Un catálogo del producto que ofrece el local. Aquello es cualquier cosa menos libertad, cualquier cosa salvo horizonte.
La chica regresa. Tiene el pelo corto y es menuda, casi frágil. Desaparece entre las montañas de cuerpos de aquel tugurio atestado. Su rostro es dulce pero tiene la mirada fiera. Vuelve a pasar ante mi para dejar nuestras cervezas. Vuelve el olor a cocinas. Ahora me huele a mazmorra y prisión. No sé por qué. Hay algo que me apena profundamente pero no lo puedo explicar. La miro y algo se me rompe por dentro. Trato de no perder mi concentración. Estoy allí por otros motivos y la tensión en el ambiente me vuelve a golpear la cabeza. Demasiada mirada tensa. Ya se lo he dicho a Gharin. Aquí ocurre algo.  
Oigo a Gharin flirtear con la chica. Es lo normal. Creo que le llama la atención simplemente porque es camarera y no puede alternar. Provocar es su habilidad. Escucho una frase perdida en la conversación. Ella ha buscado quedarse. Dilata  su tiempo al servirnos. Hace un rato que frota la misma porción de madera de nuestra mesa. Si sigue así pronto le hará un agujero.
—Yo acabaría la bebida y me marcharía. Es una mala noche para quedarse aquí. Yo no os he dicho nada.
«Yo no os he dicho nada». La miro. Sus pupilas quieren parecer fuertes, quieren sostenerme la mirada pero se hunden. Hay culpabilidad. Sabe algo. Es un aviso. No finge. Trata de avisarnos. Ocurre algo, ella lo sabe y quiero saberlo. Me juego la vida. Nos jugamos la vida.
Mi mano ancla su muñeca a la mesa. No espera ese movimiento. La sobresalto. Mira mi gesto con temor. Estoy acostumbrado a ese tipo de miradas. Su expresión hacia mi ha cambiado. Imaginaba que no duraría para siempre. Sin embargo, ahora también ella ha dejado de ser esa mirada que hace un instante me turbaba. Ahora es la persona que tiene en sus labios la posibilidad de darnos una posición de ventaja si el destino había decidido aquella noche jugar con nosotros a apostar la vida.
—Quiero saber todo lo que esté pasando—. Mi cara fuerza una sonrisa—. Sonríe —. Ella también sabe falsear una sonrisa—. Finge que te agrada la conversación.
Pero el destino había dispuesto ya las cartas sobre la mesa. Yo aún no lo sabía. Estaba a punto de conocerlo.    

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