sábado, 23 de abril de 2011

Äriel, El Sueño de los Dioses. La Virgen de Hergos

                (Vÿr'Arim'Äriel. boceto original de Javier Charro. todos los derechos reservados.)


«Ella era Vÿr’Arim’Äriel, Virgen de Hergos, señor de la Magia. Jinete del Viento de las sacerdotisas Dorai del Padre Dragón. La criatura más fascinante, la mujer más intensa que pueda concebirse. No ha vuelto a nacer un regalo semejante para un corazón. También en ella había mezcla. Tardé mucho en comprender que la pureza ofrece seres vacíos. Ella mezclaba herencias de elfos. La omnipotencia Silvänn se hacía rica en matices gracias al exotismo de los áureos Nësttor, errantes del desierto. Piel de arena y cabellos negros para unos ojos malva. Äriel no sólo era belleza. Su hermosura apenas significaba nada para nosotros. Era intensa, mágica. Podía ver cosas que ninguno más podía ver. Tocada por un don místico, regalo del padre de la Magia. Tenía el poder de hechizar con su voz y su palabra. Su presencia serenaba a la bestia. Su sonrisa, digna de alumbrar los deseos de un Dios, podía hacer tumbar y desmoronar al hombre más sólido. Todo en ella hipnotizaba. Una mirada suya bien merecía un pecado. Por una noche entre sus brazos hubiésemos vendido el alma. Por su corazón ¿qué no hubiésemos dado?»

He aquí a la mujer por la que matar y morir cada día durante toda una vida. He aquí el nombre que repiten los latidos de un corazón para seguir latiendo. La mujer imposible que siempre es posible. El milagro, el hueco en las estrellas, la razón de existir y pelear hasta desangrarse. Äriel es más real de lo que nadie puede imaginar. Habita más allá de las líneas y texto. Encarnada, engendrada, vuelta y reencontrada. Cuando alguien encuentra una mujer así, nacida de un hechizo, de un poema, puesta en el camino para  ser encontrada, sin otro motivo que encontrarse contigo, sin otra razón de existir que ser la razón de otra existencia… cuando alguien encuentra a la mujer imposible hay que estar loco para no robársela a un Dios, si es necesario. Allwënn no lo hizo. No había Dios lo bastante temible para apartarla de su lado, para evitar hasta el último aliento susurrado en sus labios, una última gota de sangre, para dejar de pronunciar su nombre o alejarla de su recuerdo. Él no lo hizo, no se detuvo. Luchó siempre. Merecía la pena robarse a sí mismo, perderse por el camino, caer en la locura si fuese necesario. Yo también lo hubiera hecho. Es más: es lo que hago. Es lo que no voy a dejar de hacer.

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