jueves, 25 de agosto de 2011

Quinta Estrella: Comprada.


Acababa de comprarla.
Comprar sus ojos, su mirada. Acababa de comprar aquellas manos, esa espalda, esas piernas temblorosas. Ese pecho que se esforzaba por parecer inalterado. Comprábamos sus dedos, sus pestañas, todos los supiros que pudiera guardar esa garganta, todas sus gotas de sudor. Incluso, todas sus lágrimas.

Me partió por la mitad su última mirada antes de encaminarse bajo las escaleras donde probablemente se encontraban las pequeñas habitaciones personales de aquellas chicas. Era la mirada justo después de recibir la noticia. Era una mirada en la que no cabían más miedos. Estaba aterrada pero me impresionó la dignidad con la que supo tragarse aquella debilidad. Me pareció tan digna, tan valiente...
Acababa de comprarla. Teníamos derecho sobre ella hasta que nos cansásemos. Tanto y tan poco parecía valer según los códigos crueles de las Bocas. Era nuestra. Era mía.

Mia...

Pensaba en eso mientras la contemplaba alejarse, despacio. Seguramente con la cabeza llena de preguntas y miedos por el futuro inmediato. No sé si era consciente del poder que teníamos en ese momento. Tragué saliva.
Mía, por un puñado de Ares. Un puñado de Ares robados, ensangrentados. Capaces de compar sus párpados, pero nunca los latidos de un corazón.
Ningún hombre debería poder comprar a una mujer. Supe que aquella jamás sería comprada. Me lo decían sus ojos. Me lo decía algo que no se escuchaba.
Pensé... no es más que una camarera a la que acabas de forzar a ser prostituta una noche. Es algo que iba a ocurrir antes o después en este maldito lugar. No es tu problema, Allwënn. No es tu problema. Paga. Usa y lárgate sin mirar atrás.

Paga. Usa...

Hubiera sido fácil. Nadie, nadie hubiera puesto un ojo en nosotros. Coge lo que es tuyo.
Pero no era mío. No importa cuánto hubiese pagado por ella. Veinte Ares, doscientos, dosmil. No importa. No era mía.
Solo le estaba salvando la vida.
Solo la estaba alejando de la carnicería.
Solo quería tenerla cerca cuando la tormenta estallase.
Solo quería tenerla a mi lado esa noche y no puedo explicar por qué, no puedo. Porque un guerrero sabe cuando la muerte está rondando. Cuándo saborea el festín. Cuándo se relame de gusto... y había algo en ella. algo poderoso, inexplicable. Algo que me tenía tan confuso que no era capaz de identificar. Algo que me decía que aquellos ojos, aquellos ojos merecían seguir vivos al amanecer y que pocos ojos iban a tener ese privilegio dentro de unas horas.
La compraba para salvarla, aunque jamás se lo diría. Aunque ni siquiera sabía si ella hubiese preferido morir esa noche. No pretendía nada más. Alejarla. Seguir la voz de mi pulso. Mi instinto. Gritaba. Decía: mírala bien. Es ella.

Pero ella ¿Quién?
Ella. Ella. Ella.
Ella ¿Quién? ¿Por qué es importante? Una camarena de un prostíbulo demasiado joven como para que sus ojos puedan hablar de un mundo más allá de estas paredes húmedas y ni siquiera puedan confesar secretos aprendidos bajo esas sábanas de alquiler. ¿Por qué es importante? Nosotros solo somos perros. Demasiadas cicatrices en estos cuerpos. Demasiada sangre y barro en el camino por delante. ¿Por qué ella? ¿Por qué hoy? ¿Por qué este lugar?

...y entonces, sin poder explicarlo, sin entenderlo supe que todos mis pasos me habían conducido sin compasión a este momento, a este lugar y a esa desconcertante chica que huía escaleras abajo dispuesta a venderse a dos desconocidos la noche en la que la muerte nos perseguía. Todo cuanto había hecho, todo cuanto había ocurrido en mi vida me conducía a este lugar. Aquí, sin poder tener ninguna razón coherente que lo explicara supe que mi vida cobraba sentido. Solo aquí y ella. Parece ridículo. Parece de locos. Si Gharin puediese haber escuchado mis pensamientos en ese instante se hubiese retorcido de risa o hubiese huido de mi demencia. Yo mismo estaba entre ambos extremos.
Mírala bien: es ella. Esa frase se repetía en mi cerebro hasta atormentarme.
Ella ¿Quién?
Ni siquiera sabes su nombre y ya estás dispuesto a matar por ella.
Ella... La que va a cambiarte la vida para siempre. La que ya lo ha hecho y no lo sabes.

Hay cosas, sensaciones, certezas que no puedes explicar por qué ocurren, pero ocurren.
Aquellas no se equivocaron. Nunca se equivocan. No importa cuánto quieras silenciarlas. Y yo traté de hacerlo, lo juro, aquella misma noche. En aquel mismo lugar.

Acababa de comprar lo que no puede comprarse: el destino.
Cuando volvió a aparecer por el hueco de aquella escalera no tuve que esforzarme por contener el aliento.
A partir de entonces, jugamos a fingirnos.

 









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